Los juegos de Raül Refree

 

Por Pablo San Nicasio @pablosannicasio

No nos lo pensamos cuando nos anunciaron la posibilidad de, por fin, ver y escuchar a Raül Refree en directo. Solo, con su(s) guitarra(s). Esto era una noticia. Un productor de los de peso específico en nuestros días iba a salir a defenderse guitarra en mano sin nadie más. Eso ya le daba ventaja con respecto a otros productores de cierta acidez, también actuales, que se anuncian con todo el desparpajo del mundo como tocaores.

Justo después de confirmar mi asistencia me acordé de la frase que siempre pronuncia el maestro Isidro Sanlúcar: “qué difícil es mantener el interés con una guitarra durante una hora y media”. Palabra de un señor que renunció a su carrera de solista hace décadas pudiendo haber marcado una época. Algo que ha hecho en otros terrenos, como en el de la producción precisamente. Tiempos en los que había más vergüenza que miedo.

Aún así, había que ir. Si anunciaban a Refree como guitarrista en un festival de mucha categoría, es que algo nos habíamos perdido a pesar de los vídeos en la Red, referencias, etc.

La vigésimo octava edición del festival de Arte Sacro en Madrid ponía la sala “Cuarta Pared” a disposición de las creaciones de Raül. Escrutando el programa del festival –libraco-, no cabía duda de que el evento era de copete.

Junto a las actuaciones de artistas de todas las generaciones, algunos de mucha relación con el flamenco, en los carteles del festival se anunciaban composiciones de Pergolesi, Scarlatti, José de Nebra, Scriabin, Prokofiev, Debussy o, por ejemplo, Bach y Beethoven. Todo eso los próximos días en Madrid. Y con ellos, tendríamos la oportunidad de conocer la “guitarra improvisada” de este nuevo gurú de nuestra música, en cuyos conciertos “puede pasar de todo”. Pues corriendo.

Aún con la impresión del fallecimiento del joven virtuoso Leo de Aurora, teníamos derecho a escuchar guitarra. “No es flamenco”, me advirtieron al entrar. Uno ya va cogiendo fama de bruja mala. Todo lo que ustedes quieran, pero es guitarra, y en un tercio del recital al menos que yo recuerde, el señor Fernández Miró se ayudó de una flamenca de mucha calidad organológica. Además de samplers con voces de insignes artistas relacionados con el flamenco. Hasta en Wikipedia él mismo se relaciona con el flamenco. Es más, produce discos a algunos de los artistas flamencos más rompedores y sobresalientes del momento.

Pero no, desde luego que lo que vimos no era ni flamenco, ni guitarra flamenca. Tampoco descubrimos mucha música sacra, pero vaya, algo de todo eso habría.

Aún adivinando lo que no fue, se le queda a uno la cara de no estar a la altura. De no saber captar lo que otros seres privilegiados con mente y sensibilidad especial para la música sí consiguen. De no tener guión en una peli pensada para otros actores. ¿Se estará volviendo uno un carca tan joven?

El contenido en sí de los conciertos de este señor debe de ser mucho más de lo que uno ve, porque el currículum de Raül Refree es sencillamente brutal, su futuro más que prometedor y las caras de la mayoría de los asistentes a la Cuarta Pared no es que rezumaran felicidad, pero casi.

Admitamos al menos que fue un rato no desagradable. Aún siendo más que evidentes sus carencias guitarrísticas, lo cierto es que en la pelea al muchacho se le vio feliz. Allí, disfrutando con los instrumentos de lujo que le pusieron en bandeja y dando vueltas a sencillos motivos melódicos y armónicos. También cantando muy bonito en varios idiomas. En su salsa. Con sus juegos.

Estuvimos en lo que podría definirse como un “open mic” de una sola persona. En ese nivel, pero con glamour y estupendos patrocinadores. Cantautor experimental cuyos trabajos –Jai Alai se titula el que escuchamos, primera entrega- pasan por la “deconstrucción” de ciertos estilos. El término que tan de moda puso su paisano Adrià, quizá se nos quede corto si lo emparejamos con el flamenco. En este caso más bien se trataría de una demolición en toda regla sobre una base de refrito.

Así que adivinaremos que Raül, a quien no culpamos de absolutamente nada, quede claro, es un señor que lo tiene que estar gozando. Haga lo que haga tiene cuartelillo y, aunque no se pueda definir, si hay que inventarse un género, pues se inventa. Todo sea para que la bola siga creciendo. Mi más absoluta admiración por lo logrado hasta ahora con tan poco.

La bofetada al gremio guitarrístico patrio, ya no digo universal, no es menor. En un país como España que algo tiene que decir en esto y cuyos tocaores se pegan por un bolo. Otro buen sopapo intuimos que se llevan los del bando de compositores contemporáneos, cuyos experimentos llevan en el armario bastantes años y ahora, por lo visto, se acaban de descubrir en las manos de otros. Pero tampoco esto se acerca a Brouwer, Dodgson, Britten o Ginastera, conste.

Ya, pero es rentable. Y lo buena gente que es Raül. Y esas atmósferas que crea… además tiene una imagen rompedora. Hasta sus vecinas estarán encantadas escuchando sus ensayos y encontrándoselo en el descansillo. Claro, igual que “Taburete”(*). “¡¡Ah, no, por ahí ya no!! No compares”… Pues no sabría qué tirar antes. Me lo tendrán que explicar los señores del marketing 3.0. Desde luego, no encuentro nada más casposo que decir sí a todo lo que nos pongan por delante.

“Será la envidia”… cuesta encontrar, y de hecho no lo consigo, un guitarrista profesional que anhele esta forma de tocar. En lo económico y laboral, sin embargo, estoy seguro de que no hay maestro que tenga la visibilidad discográfica y mediática de nuestro amigo.

Y público, desde luego, cada vez más. Pero no sabemos si se trataba de eso en el, recordemos, festival de Música Sacra.

La vida de Refree, resumiendo, está más que resuelta, ya sea como productor –de eso no escribimos porque no sabemos ni entendemos, pero nos consta que es notable- o como guitarrista. Y los demás que arreen. Él, mientras tanto, seguirá descubriendo las posibilidades sonoras de la guitarra. Como un niño con juguete nuevo, disfrutando. Quizás ajeno a la tradición milenaria de algo que, pensamos pero no pontificamos, es más que seis cuerdas y dejarse llevar. Lo que me hubiera gustado ver allí a mi maestro Demetrio Ballesteros, o al mismo Manolo Sanlúcar, que se dejan la vida gritando a los alumnos que no tienen la suficiente consideración con la guitarra o la música en general. Nos habían metido en la cabeza que era bastante jodido vivir de la guitarra. Y más que lo va a ser a este paso. Más le vale al mundillo de la sonanta, en todas sus variantes, que se vaya poniendo las pilas y se deje de competiciones atléticas. Los tiros, está visto, van por otro lado.

Qué país este en el que tiene uno que ponerse a escribir con más tino cuando lo que ve no le gusta un pelo que cuando le gusta hasta el lagrimeo. Parece que justificar la ausencia de sentimientos o la existencia de sensaciones no muy agradables tenga que ser lo último de lo último a lo que nos enfrentemos, pero es así. No se puede pedir mucho más a una sociedad que no admite absolutamente nada que no sea guay, zen o chupi. Buenismo que al final acaba pagando de su bolsillo lo mediocre revestido de vanguardia.

Y al final ¿quién defiende a los guitarristas? Pues resulta que aquellos en quienes más confiábamos ya empiezan a fallar, miran a otro lado o se hacen los locos y van con la corriente. A veces te encuentras con colectivos profesionales que se quejan de intrusismo, se unen en sus quejas al saber de gente que no hace tal o cual cosa como se debe, o no es esto o lo otro. En este caso, por lo visto, todo es bueno porque es “inexplorado” y “diferente”.

Complicada está la cosa, ciertamente. Andrés Segovia decía de Paco de Lucía que no era tan buen guitarrista, que tenía “los dedos listos”. Cosas entre genios. Guitarristas con mayúsculas, por cierto. Los listos de estos tiempos son, sin embargo, otros.


(*)Para nuestra audiencia extranjera (os queremos) Conocidísimo grupo de la escena popera española surgido de los vástagos de algunos de nuestros presidiarios más ilustres.

@chalauracom

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