Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto

 

Se está convirtiendo en una tradición muy entrañable para mí esto de comentar todos los años por estas fechas la golfada infame de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Los señores ministros se reúnen en jauría para pastelear como sólo ellos saben y luego vengo yo aquí y les doy el visto bueno. Os puedo decir que se queda uno muy a gusto después de poner a parir a tanta gente junta. El pastel correspondiente a 2017 se repartió el pasado 22 de diciembre, viernes, y dio para 24 raciones buenas. Por lo que se refiere a nuestros folklores chalaos, las medallas que más de cerca nos tocan son las de Eva Yerbabuena, Lolita y Chiquito de la Calzada. La de Eva Yerbabuena me parece muy merecida (lo de Rafael Amargo del año pasado fue una grandísima vergüenza). Con Lolita no puedo ser objetivo, lo siento, soy muy fan yo de toda la familia. Y la medalla a Chiquito de la Calzada, a título póstumo, entiendo que es en calidad de humorista, con el debido respeto a su faceta como cantaor. En cualquier caso, aquí están todos los agraciados:

José Luis Alcaine, director de fotografía (ni idea, empezamos bien). José Andrés, cocinero (yo con los chefs estos no puedo). Luis Eduardo Aute, artista poliédrico (me alegra que no haya sido a título póstumo). Juan Echanove, actor (no me cae mal del todo). Andy García, estrella (Hollywood necesitaba una alegría). Eva Yerbabuena, bailaora y coreógrafa (me encanta esta mujer). Dámaso González, torero (fue padrino de alternativa de mi padrino de alternativa, pero yo le vi poco y no me acuerdo, no quiero frivolizar. Medalla a título póstumo). María Dolores González Flores, “Lolita”, cantante y actriz (y tiene una hija que es su mayor obra de arte). Thessa Herold, galerista (ni idea). Alberto Iglesias, autor de bandas sonoras muy míticas (yo pensaba que éste ya tenía la medalla). Consuelo Martínez–Correcher y Gil, paisajista (el paisajismo, ole el arte grande). María del Carmen Mateu Quintana, mecenas (aquí un par de emoticonos). María Luisa Merlo, actriz (aquí no hay quien viva). María Paz Navarro Pérez, restauradora (ni idea). Fuensanta Nieto de la Cierva y Enrique Sobejano García, arquitectos (ahora mismo no les pongo cara, pero seguro que la tienen y mucha). José María Ortega Neira, decorador (ni idea). José Luis Perales, cantautor y compositor (en su honor —y con permiso de Lolita— voy a ponerme ahora a Isabel Pantoja y su Marinero de luces. Piel de gallina, amigos). Andrés Rábago García, “El Roto”, humorista gráfico (éste nos gusta a todos). María Isabel Ruiz Alcaín y Óscar Alzaga Villaamil, mecenas (otro par de emoticonos). Miguel Sáenz Sagaseta de Ilúrdoz, traductor literario (muy bien, hombre). Gregorio Esteban Sánchez Fernández, que así se llamaba “Chiquito de la Calzada”, popularizó el chiste de autor (qué importante es saber reírse). Jordi Sierra i Fabra, escritor (más de 400 títulos publicados tiene el amigo, ¿alguien se ha leído alguno?, porque yo no). Hombres G, unos que tocan (Marta tiene un marcapasos). Maná, otros como los de antes (y creo que ya estamos todos).

Esto es como esas películas que tienen un título buenísimo y luego vas al cine y son una mierda, o como esas esculturas tan modernas que parecen eso, una deposición canina, y luego se titulan Niño pequeño pescando o cosas así. Hay gente que se mosquea cuando el título de una obra de arte no tiene nada que ver con la obra en sí. El arte es así, amigos, y con los premios es lo mismo. Si en vez de llamarse “Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes”, las llamásemos —un suponer— “Medallas de Oro al Estropicio Más Absoluto en Cualquier Campo Conocido y en Todas las Mierdas Colindantes que se nos Puedan Ocurrir”, pues sí, seguramente estaríamos siendo más rigurosos en la denominación, pero entonces dejaríamos de ser artistas y posmodernos, que es de lo que se trata.

Las Bellas Artes hasta la Wikipedia sabe que eran seis: arquitectura, escultura, pintura, música, declamación y danza. La declamación viene a ser la poesía, y por música se acepta también el teatro, y luego la modernidad nos trajo el cine, el séptimo arte, y ya está. Pero los señores ministros aducen que su idea es distinguir no sólo a las gentes que destaquen en el arte, sino también a las que presten algún servicio en el fomento o desarrollo o difusión de ese arte o en la conservación del patrimonio artístico. Y esto se traduce en que ya no podemos conformarnos con llamar artista al rockero favorito del ministro de turno o al albañil que le apañó el chalet de Marbella al ministro de turno. Tenemos que ir más allá, tenemos que darle una vuelta de tuerca más al tornillo que nos falta, tenemos que premiar al equipo médico que le vigila el tracto intestinal al rockero favorito del ministro de turno, tenemos que premiar al fontanero que le desatasca todos los domingos el váter al albañil que le apañó el chalet de Marbella al ministro de turno. Es una especie de ébola pero con más eslabones en la cadena de contagio y aún más impredecible y aleatorio todo. Cualquiera que se cruce en el camino de un albañil puede acabar con una medalla de oro sin comerlo ni beberlo.

Si no estoy yo mal informado, el 27 de enero, sábado, Las Vegas, capital mundial del arte con mayúsculas, volverá a acoger como cada año los Adult Video News Awards, popularmente conocidos como los Oscar del porno. Estos sí que son unos premios de verdad, queridos niños. Probablemente los premios más honrados que pueden concederse en la actualidad en el mundo. También tienen sus pasteleos y sus cosas turbias —es la vida: si hay implicados seres humanos hay mafia—, pero aquí gane quién gane se lo ha tenido que sudar de verdad y a la vista de todos. En fin, paisajismo.

Germán San Nicasio

Escritor

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