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Maneras de dejar de ser un viejo verde

 

23 de diciembre de 2017, sábado. Vuelvo a casa de noche y catarroso después de meterme para el cuerpo el nuevo espectáculo del Ballet Nacional de España. Electra. Hoy era la última función del ciclo de estreno que arrancó en el Teatro de la Zarzuela el 9 de diciembre. Una maravilla, he salido feliz, y eso que iba yo un pelín cauto después de leer alguna crítica no del todo amable aparecida en prensa. Por ejemplo, hay por ahí alguien llamado Roger Salas que se despachó a gusto en las páginas del País. Me resultó tan triste esta persona, y tan llena de esclerosis su prosa, que me está costando un mundo aguantarme para no enmendarle la plana desde aquí. Se va a salvar porque me quiero ir ya a dormir y porque insultar a la gente me suele agravar los catarros. En fin, esto se trataba de ponerle coreografías al mito de Electra que tan estupendamente bien conocemos todos, y si alguien no lo conoce ahí están los libros, a mí ahora déjenme bostezar tranquilo. Para compensar mi desidia, pueden ustedes saltarse también si quieren el párrafo que viene a continuación. Es todo el tropel de nombres de la ficha técnica, así que se lo saltan y nos ponemos con cosas serias.

Dirección y coreografía: Antonio Ruz. Colaboración coreográfica: Olga Pericet. Música: Pablo Martín Caminero, Moisés P. Sánchez y Diego Losada. Dramaturgia y letras: Alberto Conejero. Escenografía: Paco Azorín. Vestuario: Rosa García Andújar. Iluminación: Olga García. Director musical: Manuel Coves. Los músicos son los de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, y en la parte flamenca tenemos a Diego Losada y Enrique y Jonathan Bermúdez a la guitarra y Roberto Vozmediano a la percusión. En cuanto a los personajes, en el programa de mano se nos dice que «los elencos podrán sufrir modificaciones a criterio de la Dirección», y, como yo también tengo criterio, voy a modificar el orden de los nombres. Una única modificación, en realidad: antepongo al resto el papel del Corifeo, interpretado de manera sublime por la cantaora Sandra Carrasco, con el plus de magia que le aporta a su voz un estado de gestación resplandecientemente avanzado. Para ella fue la ovación de la noche y no pudo contener la emoción. Y los demás —aplausos también para todos— son: Electra: Inmaculada Salomón. Clitemnestra: Esther Jurado. Ifigenia: Sara Arévalo. Agamenón: Antonio Correderas. Egisto: Antonio Najarro. Campesino: Eduardo Martínez. Orestes: Sergio Bernal. Pílades: José Manuel Benítez. Aquiles: Juan Pedro Delgado. Sirvientas de Clitemnestra: Débora Martínez, Irene Tena, Míriam Mendoza, María Fernández y Vanesa Vento. Coro de mujeres: Cristina Aguilera, Patricia Fernández, Alba Expósito, Alba Dusmet, Estela Alonso, Tania Martín, Pilar Arteseros y Marina Bravo. Séquito de Egisto: Carlos Romero y Carlos Sánchez. Hombres: Carlos Romero, Carlos Sánchez, Juan Pedro Delgado, Alfredo Mérida, Antonio Jiménez, Álvaro Marbán, Daniel Ramos, Álvaro Madrid, Axel Galán, Víctor Martín, Pedro Ramírez y Albert Hernández. Y Calcante: Alfredo Mérida.

Cosas serias:

Hay un cuento del escritor Sergi Pàmies —aquí cada uno tiene su propia mitología— que me va a servir para ponerle coartada intelectual hoy al baile. No recuerdo ahora el título, tendría que buscarlo y ya he dicho que voy fatal de sueño, pero lo importante para lo que nos ocupa aquí es el asunto. Trata de un ser humano masculino que se sienta en un banco de la calle y se pone a mirar a las señoras que pasan y en una libreta va anotando con cuántas le gustaría tener esa cosa llamada relaciones sexuales. ¿Machista? ¿Troglodita? ¿Más hambre que un perro chico? Probablemente un poco de todo, pero mediten ustedes bien la respuesta, porque la misma etiqueta que le pongan a Sergi Pàmies me la van a tener que poner también a mí. Y es que, bueno, yo no he llegado a sacar ninguna libreta en mi butaca del Teatro de la Zarzuela, pero tirando de cálculo mental también me ha salido un porcentaje de lo más abultado. Tan abultado como un cien por cien, y Sandra Carrasco en particular me ha hecho pensar en Daka, el personaje de Noami Watts en la película St. Vincent, una bailarina de striptease que también lucía un bombo considerable. De verdad que lo siento, amigos, pero una mujer bailando es siempre una mujer bailando y yo tampoco tengo la culpa de ser así de viejo verde.

Supongo que se acuerdan ustedes de los Ángeles del Infierno y de aquello tan cachondo que nos decía el también mítico Hunter S. Thompson: «Hay tres maneras de dejar de ser un Ángel del Infierno: una es morir, y muchos de ellos mueren; otra es ir a la cárcel, y muchos de ellos también van; la última es dejarlo». Hoy en día los viejos verdes damos más miedo que los Ángeles del Infierno y desde luego estamos mucho peor vistos por la ciudadanía, pero dejar de serlo es poco menos que una quimera. A mi modo de ver, el que nace viejo verde muere viejo verde, y si te toca la china y además tienes sentido del ridículo, pues a disimular. El disimulo es una forma perfectamente legítima de estar en el mundo, y ya lo decía Paco de Lucía en aquel otro documental que le dedicó su hijo Curro: «Yo he llegado a ver fantasmas, lo que pasa es que a mí nunca me lo ha notado nadie, porque yo he aprendido una cosa en la vida, y es que uno no puede dejar de ser lo que es, ni puede dejar de sentir lo que siente, pero, por lo menos, que no te lo noten».

—Bueno, vale ya, ¿no? ¿A qué viene esto ahora? —pensarán aquellos de ustedes que hayan aguantado hasta aquí.

Noche gratis conmigo para las cien primeras que den con la respuesta, y aquí va una pista: todo esto viene porque ya no sé qué inventar para que me pongan en la calle, pero esta vez ya es imposible que me escape, de modo que: ¡Feliz Navidad a todos! Y ahora me voy a la cama.

Germán San Nicasio

Escritor

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