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La vida cotidiana de Chick Corea sin Paco de Lucía

 

A veces hay personas que pasan por tu vida como un incendio forestal, arrasan con todo y cuando se van no queda más que desierto. Personas que te marcan a fuego de pura felicidad, porque también hay incendios de felicidad, y son los peores. Nada tan abrasivo para la vida como la felicidad. Pues en el arte es parecido. De repente surge un artista tan genial que acaba con el arte y luego hay que seguir viviendo. Va para cuatro años ya que se nos murió Paco de Lucía y el monte sigue negro, y, aunque es verdad que poco a poco va la cosa queriendo reverdecer, no parece fácil que lleguemos a olvidarnos algún día de que aquí hubo un incendio terrible llamado Paco de Lucía. Una de las pocas encinas centenarias que se salvaron de la quema fue Chick Corea, y eso que también se le chamuscaron algunas hojas, yo al menos cada vez que oigo su nombre o escucho su música no puedo evitar acordarme de nuestro guitarrista universal.

En el documental Francisco Sánchez. Paco de Lucía (Daniel Hernández y Jesús de Diego, 2003), el genio de Algeciras nos explicaba sus criterios a la hora de elegir músicos con los que tocar:

—Conozco a un músico y, si me cae bien, le digo: vente a tocar conmigo, ¿tú qué tocas? Y así se forma el grupo, por azar.

Y luego nos explicaba también el proceso de desgaste que se produce con el paso del tiempo:

—Tocando tu música con los mismos músicos, llega un día en que empieza a ser una rutina, va perdiendo la excitación de lo nuevo.

Y fue en mitad de una de estas etapas de ausencia de excitación cuando apareció en su vida Chick Corea:

—Y de pronto, ese día, aparece Chick y se me remueve todo el cuerpo. Porque yo nunca había oído a un músico que no fuera español, o flamenco, con ese sentimiento tan cercano a nuestra música.

Y ese Paco de Lucía deshaciéndose en elogios hacia el pianista:

—Es un músico con el que disfruto mucho. Cada día es diferente, tiene una imaginación desbordante, increíble. Tiene dos guitarras, en cada mano tiene una guitarra.

Y fue una relación muy fructífera y enriquecedora para los dos y Chick Corea se salvó de las llamas de Paco de Lucía porque la guitarra de Chick Corea no es una guitarra, es un piano. O sea: Chick Corea no compite directamente con Paco de Lucía, compite —digo yo— con Thelonious Monk, Bill Evans y gente así. Son montes olimpos distintos. Y, bueno, si contemplamos el asunto con independencia del instrumento, pues ahí estuvieron los fuegos del infierno de Miles Davis y ya entonces Chick Corea supo poner sus barbas en remojo, y, de hecho, el propio Chick Corea puede ser considerado también un incendio forestal a su vez.

Así las cosas, el lunes pasado, 13 de noviembre (2017), estuve en el concierto que Chick Corea ofreció en el Auditorio Nacional de Música (Madrid) y fui testigo de un nuevo milagro musical. Ardió Troya. THE COREA / GADD BAND, decía el cartel. Resulta que el pianista ha vuelto a juntarse con el baterista Steve Gadd, con el que ya tiene una trayectoria en común, y mano a mano han hecho un disco que se llama Chinese Butterfly y lo están presentado de gira por el mundo. El resto de la banda es: Lionel Loueke a la guitarra, Steve Wilson saxo y flauta, Carlitos del Puerto contrabajo y bajo y Luisito Quintero a la percusión. El programa de mano prometía una duración aproximada de 90 minutos. Acabaron siendo 130. También es verdad que las ovaciones del gentío que llenaba la sala sinfónica del Auditorio fueron largas.

La alineación de la Corea / Gadd Band está bien equilibrada en cuanto a excelencia, aquí cada uno de los músicos es de lo mejorcito del mundo en lo suyo, pero, claro, la voz cantante la lleva Chick Corea. Desde que sale el colega al escenario —teléfono móvil en mano, haciéndole fotos al público—, hasta que lo abandona —teléfono móvil en mano, haciéndole fotos al público—, Chick Corea es todo carisma y genio. Una genialidad particularmente afable la suya. Entre tema y tema cogía el micro y nos daba alguna información técnica sobre lo que estaban tocando y lo aderezaba con comentarios chascarrillosos que mi inglés quinqui de Carabanchel no sé si llegó a pillarlos del todo. Nos contó, por ejemplo, el origen de su nombre, que al parecer va más allá del Armando Anthony Corea que trae la Wikipedia y es una cosa más larga y llena de apellidos. «But you can call me Chick». Nos reímos mucho todos.

Para los bises salió el Niño Josele a poner la guinda flamenca a la función y en un momento fue capaz de maravillarnos con su guitarra al tiempo que se peleaba con el pinganillo que le colocaron en la oreja derecha y que se le caía todo el rato. Los bises fueron unos pasajes del Concierto de Aranjuez y el también mítico Spain, y hubo dedicatorias para Paco de Lucía y para Joaquín Rodrigo. Un rato inolvidable, muchas gracias, Chick.

Dice el torero José Miguel Arroyo, Joselito, que dice la poeta Wislawa Szymborska que en la vida sabemos de nosotros mismos tanto como nos han mirado los demás. Y añade (Joselito) que, si esa proporción es cierta, los toreros tienen que saber bastante de sí mismos, porque a ellos el público no sólo los mira, sino que los mira juzgando. Es una visión un tanto neurótica de la vida, pero a los músicos les pasa igual, y suele ocurrir que, cuanto más sabes de ti mismo, cuanto más y mejor te conoces, más cerca estás de ser feliz. ¿Y no habíamos quedado en que la felicidad quemaba mucho? La eterna cuestión que viene atormentando a la Humanidad desde que el mono bajó del árbol para degenerar en filósofo: qué prefieres, alcanzar en algún momento de tu vida la felicidad para luego perderla y quedarte sin nada, o no alcanzarla nunca y pasarte toda la vida soñando con ella. Se supone que lo que te respondas a ti mismo te define como persona. Chick Corea es de los que no le tienen miedo a la felicidad, su música así lo demuestra, y sus fans salimos ganando.

 

Germán San Nicasio

Escritor

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