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Fuga de cerebros y de corazones

Algo vamos sabiendo ya en esta España nuestra sobre la ruina que supone para un país recortar los dineros destinados a la ciencia. Es algo en lo que todos los científicos del mundo suelen estar de acuerdo y tampoco hay que ser Stephen Hawking para darse cuenta: la salud económica de un país depende de la salud económica de sus individuos con formación científica. A los cerebros o los remuneras o se te fugan. Pues con los artistas no es exactamente igual. No lo es. En España un artista puede estar tieso como una regla y ni se menea, en cambio pega el pelotazo y se te va a Miami. Y es que para un artista la salud económica es algo muy secundario. Ni la salud económica, ni la salud física, ni mucho menos la salud mental, la única salud que a un artista le preocupa —a un artista de verdad, digo— es la salud de su obra. Punto. Si eres artista sabes que lo eres y sabes lo que significa salir al ruedo a darlo todo, y lo demás son sólo excusas y lloriqueos de ama de casa que pinta bodegones en los ratos libres.

Todo este rollo introductorio viene porque el otro día, 28 de octubre (2017), estuve en el concierto que Amós Lora y el pianista cubano Luis Guerra ofrecieron en la Sala Clamores (Madrid), y el cerebro se me puso a funcionar en modo centrifugadora.

Los que disfrutáis regularmente de mis escritos en esta web ya sabéis que soy muy fan yo de Amós Lora. Me parece uno de nuestros candidatos mejor posicionados en la batalla por el trono de Paco de Lucía. A sus 18 añitos recién cumplidos, Amós ha subido el listón de su técnica a una altura difícil de superar, incluso para él mismo. Es dueño de una imaginación cuyos límites no hay manera de intuir a día de hoy y luego está su sensibilidad personalísima, porque también la personalidad se mide en grados, y una muestra de todo esto es el milagro de recital del otro día en Clamores. Se juntaron el impresionante registro expresivo de Luis Guerra al piano y la seducción de un guitarrista que ha decidido enchufarle cada vez mayores dosis de jazz a su apuesta musical, y así fueron sucediéndose las piezas del repertorio, un cóctel de composiciones propias, como De Salamanca a Madrid, la inmensa soleá por bulerías incluida en el segundo disco de Amós, Así lo veo (Arte Emergente, 2016), y versiones de Paco de Lucía, Chick Corea, Piazzola… Y qué manera de sacarle magia a la guitarra de Mariano Conde. Y yo feliz. El cerebro no se me puso a centrifugar hasta un rato después, cuando me dio por buscarle las vueltas a la idea de ser un genio precoz en el mundo actual.

Y es que si el mundo no fuera el gurruño de mierda que es, los telediarios abrirían todos los días con Amós Lora, y en vez de existir esta cosa llamada Real Madrid Televisión, tendríamos Amós Lora Televisión. Que, por cierto, no soy yo muy de metáforas futboleras, pero Amós tiene algo que me recuerda mucho a Messi, y no por el tema obvio del virtuosismo, que también, claro, sino por su expresión en el escenario, unas veces ausente, otras mirando al público muy fijamente, más todas esas sonrisas en apariencia extemporáneas que suele desparramar. John Nash de las seis cuerdas. Pero a lo que voy: no podemos permitirnos ser tan poco sensibles. Ya que no hemos sido capaces de evitar la desbandada de cerebros, ocupémonos al menos de nuestros corazones. Ojo, no es tan sencillo como quizá pueda parecer, ya digo que un artista no es un científico, a los corazones no los convences con dinero. Se trata más bien de acondicionar un contexto propicio para que el artista pueda desarrollar al máximo su proceso creativo, un contexto que básicamente se traduciría en cariño y cultura, dos condiciones que esta pobre península que nos acoge está todavía muy lejos de poder reunir.

También hay otra forma de ver el lado bueno de las cosas que consiste en pensar que cuanto mayores sean los obstáculos y las zancadillas, mejor para el artista, más argumentos para poner a prueba su resistencia, sus auténticas ganas de saltar más alto. El escritor David Foster Wallace lo decía: «Cuanto más difícil te lo pongan, más oportunidades tendrás de crear una verdadera obra de arte». Y por ahí iban los planteamientos del actor J.K. Simmons en la película Whiplash. Supongo que la habréis visto, es de hace tres años, J.K Simmons interpreta a un profesor de jazz cuyos métodos de enseñanza incluyen el castigo físico, la humillación y el lanzamiento de sillas a la cabeza de los alumnos. En un momento de la película, el colega Simmons tiene el siguiente diálogo aproximadamente sereno con su alumno más prometedor:

—Si no se lleva el esfuerzo más allá de las expectativas —dice J.K. Simmons para justificar su exigencia extrema—, estaremos privando al mundo del próximo Charlie Parker.

Y el alumno replica:

—¿Y si es justo al revés? ¿Y si se va demasiado lejos y se disuade al próximo Charlie Parker de ser Charlie Parker?

Y J.K. Simmons concluye:

—Negativo. El próximo Charlie Parker nunca se dejaría disuadir.

Bueno, pues sí, Charlie Parker nunca se dejaría disuadir, estoy bastante de acuerdo, pero tampoco creo que sea necesario que nadie le tire a nadie ninguna silla a la cabeza para empujarle más allá de las expectativas. Ya se empuja cada uno a sí mismo él solito, si es que le apetece empujarse. Es la idea de la perfección, que o nace de ti mismo o no nace. Si no estás obsesionado con la perfección, da igual lo fácil o difícil que te lo ponga la vida, nunca serás Charlie Parker, pero si resulta que estás obsesionado, entonces, amigo mío, ya tienes la condena encima, y también da igual la vida, nunca dejarás de ser Charlie Parker.

Y estábamos con Amós Lora (se me va mucho el esférico últimamente). Pues eso, que cada corazón tiene que seguir su camino y esperemos que nuestro Amós siga avanzando por el suyo y que no se canse nunca de darnos felicidad. Yo no soy ningún experto en carreras de obstáculos y todo lo que sé sobre caminos de perfección lo sé porque me lo han contado o porque directamente me lo he inventado, pero comprendo que escoger a Paco de Lucía como meta no es cualquier cosa. Y es que en este hipódromo apasionante que es el panorama actual de la guitarra, quizá Amós Lora no sea el único caballo ganador, pero sí es el unicornio, y creo que podemos estar tranquilos: tenemos Amós para largo. Es lo bueno de que la perfección sea una meta inalcanzable.

Germán San Nicasio

Escritor

 

 

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