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Tengo el corazón como un cocodrilo

Este viernes pasado, 27 de octubre (2017), estuve con una amiga en el recital que dieron Luis el Zambo y Pedro el Granaíno en el Auditorio Nacional de Música (Madrid). Sonidos negros, llevaba por título el espectáculo. Por lo que se refiere a la parte puramente artística, el menú fue contundente de verdad: palos “jondos”, flamenco hardcore–hardcore. Primero salió Pedro el Granaíno, camaronero puro, con Antonio de Patrocinio a la guitarra, y luego Luis el Zambo, jerezano de Santiago, con Miguel Salado a la guitarra y El Ripoll de Jerez y El Pola a las palmas. Muy bien todo, incluso el episodio extra–artístico de la velada, que lo protagonizó Pedro el Granaíno cuando sacó a relucir su fibra más patriota, llena de lágrimas al parecer por todo lo que estamos viendo estos últimos días con Cataluña, y lanzó un par de soflamas que tuvieron una acogida fenomenal por parte del respetable.

—Me siento muy orgulloso de ser gitano, andaluz y español —dijo Pedro el Granaíno.

Y el Auditorio Nacional en pleno estalló de militancia en una ovación españolísima y triunfal, la ovación más exaltada de la noche, y mi amiga me dio un toque con la pierna y me dijo al oído: «Ya tienes tema para tu columna». Y sí, es verdad, ya tengo tema para mi columna, pero no vean ustedes la pereza que me está dando.

En Cela: un cadáver exquisito, el libro que Francisco Umbral dio a la imprenta al poco de morir Camilo José Cela, cuenta Umbral que Cela siempre le estaba dando lecciones:

—Una pluma como la tuya es una pena que la ocupes tanto en política —le afeaba Cela, y luego añadía—: Los políticos son todos unos mediocres.

Pues mucho me temo que este reproche de Cela va a ser la conclusión de mi columna de hoy, y todo lo que diga yo a partir de aquí no vendrá más que a inflar con apologías probablemente baratas una aseveración que tiene tanto de coartada como de desahogo.

No me gusta escribir de política. El ascazo tan absoluto que me producen todos los políticos sin excepción me dificulta mucho a la hora de hilvanar las palabras y el discurso se me vuelve muy naif, muy Sean Penn. Parece bastante obvio que, si queremos vivir en democracia, es responsabilidad de todos defenderla, todos tenemos un deber como ciudadanos, la libertad no es gratuita. Bien, yo llevo sin meter una papeleta electoral en una urna exactamente desde el 14 de marzo de 2004. Hasta entonces unas veces había votado a unos y otras a otros, y siempre tuve la sospecha de estar equivocándome. A lo mejor no era una sospecha, a lo mejor estaba en lo cierto, a lo mejor votes a quien votes te estás equivocando. ¿Y entonces mi deber como ciudadano? Ni idea, amigos, lo siento, ahora mismo me falta serenidad para pensar. Lo más provechoso que se me ocurre es recomendarles a ustedes la lectura de una novela: El disputado voto del señor Cayo, de Miguel Delibes. Ahí está todo.

Antes he dicho que me daba mucha pereza escribir esto, en realidad no es pereza, es tristeza. ¿Democracia? Venga ya, hombre. ¿Acaso existe en el mundo un solo ser humano que sepa respetar de verdad ideas contrarias a las suyas? Sé que sonará naif, ya digo, pero todos llevamos un Hitler dentro y nos da igual que los mecanismos sean hitlerianos si al final las ideas que triunfan son las nuestras. Me da igual que se pisotee a quien haga falta mientras sirva para imponer mi pensamiento. El tema famoso de la tauromaquia, por ejemplo. Un espectáculo cruel, bárbaro, injusto, sin ninguna duda, pero no fue por eso por lo que se prohibió en Cataluña, se prohibió porque unos políticos decidieron justificarse a sí mismos y se vistieron de Hitler, igual que ahora con la independencia. Si la independencia sirviera para que todos vivamos un poco mejor, en Cataluña y en el resto de España, yo firmo ya. Lo importante tiene que ser la convivencia, las personas, y no matarnos por el trazado de una linde, que yo pensaba que eso pertenecía a la España del Pascual Duarte. Lo que pasa, lo que va a pasar, con independencia o sin independencia, es que ya estamos todos sentenciados: los que hoy viven mal, van a seguir viviendo mal, y los que hoy viven bien, van a seguir viviendo bien. Y los ladrones van a seguir robando. ¿Y qué hemos conseguido al final? Pues que el día que Pedro el Granaíno vaya a Barcelona a cantar no le dejen ni salir al escenario, eso hemos conseguido. En fin, amigos, menos ideologías y más corazón. Y perdón por la parte que me toca.

Germán San Nicasio

Escritor

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