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Flamenco topless

 

Por increíble que parezca, yo hasta el otro día no había visto nunca en directo a este gran genio de las artes escénicas llamado Joaquín Cortés. Imperdonable, no sé cómo he podido vivir todo este tiempo en la oscuridad. Menos mal que el bailaor cordobés y ciudadano del Universo infinito ha puesto en circulación una nueva obra maestra: Esencia, que ya ha pasado por Barcelona y ahora le toca el honor a Madrid. Mi epifanía particular fue el 8 de junio (2017), jueves, día del estreno en el Teatro Rialto. Está previsto que Esencia siga aquí hasta el 25 de junio, y luego vendrá la acostumbrada gira internacional. Ironías aparte, no me atrevo a decirles que no se lo pierdan, pero también hay maneras peores de dar la bienvenida al verano.

Alrededor de dos horas duró la función. Cosas buenas: el bailarín Nicolás Rambaud, la tropa de bailarinas, la otra tropa de músicos, el vestuario de Giorgio Armani. Cosas muy moñas: Joaquín Cortés. Resultado: un batiburrillo comestible de ingredientes inconexos, un gazpacho entre aguado y desaliñado. Y mención aparte merece el numerito de cabaret barato al que son sometidas ocho o nueve bailarinas con el torso desnudo.

Porque al hombre éste, a sus casi cincuenta años, hay que reconocerle una planta imponente sobre el escenario, eso es así, barriguita incluida, y su carisma es indiscutible también, y a veces hasta se le escapa algún chispacito microscópico de furia que deja entrever lo grande que ha tenido que ser hace veinte años, pero lo de las bailarinas en tetas, lo siento mucho, compi, eso no hay por dónde cogerlo. Ahí, esas criaturas, braceando y revolcándose como croquetas por el suelo con esa especie de falda larguísima a modo de cola de sirena. Supongo que ésa será su manera de justificarlo: las sirenas van por el mundo en tetas. No cuela. Y conste que yo siempre estoy abierto a que me alegren la vista con cosas bonitas, pero a lo mejor habría que preguntarle a las bailarinas cómo lo ven ellas. Que no digo que nadie le haya puesto a nadie una pistola en la cabeza, pero, tal y como está el negocio hoy día, a ver quién es la guapa que le dice a Joaquín Cortés que yo he venido aquí a bailar flamenco, Joaquín, no al Bada Bing de Los Soprano.

Hacia el final de la función el director y coreógrafo cogió un micrófono y nos calzó un mitin muy colosal, y eso que estaba afónico. Parece que al colega, al contrario de lo que pasa con otros flamencos, sí le gusta hablar. Le dedicó la actuación a su maestro Cristóbal Reyes, allí presente, a su madre, presente siempre en su sentimiento, y a todas las mujeres del mundo, y nos confesó que se encontraba «un poquito lesionado», aunque sin concretar el alcance de la lesión. Pero lo mejor fue cuando proclamó su orgullo gitano, y sin temblarle un solo músculo de la cara añadió: «Porque yo soy un gitano universal». Toma ya esencia. Y no me pareció que lo estuviera diciendo con ironía, y luego aprovechó para recalcar lo mucho que se apasiona la gente con sus bailes por ahí fuera en comparación con España. Yo creo que el público que llenaba el Teatro Rialto estuvo muy entregado con él toda la noche, pero se conoce que en el extranjero le aplauden más y mejor, aquí no sabemos valorar sus logros. No hay que olvidar que estamos ante un artista que, según puede leerse en el propio programa de mano, «ha cambiado por completo la Historia del flamenco y de la danza española», un hombre, qué digo hombre, un semidiós que está considerado como uno de los diez mejores bailarines de la Historia y hasta es Patrimonio Universal de la Humanidad según la UNESCO.

Y ahora ya puede decir también que ha sido el primero en poner a bailar flamenco a un banco de sirenas. Lo que está por ver es si Farruquito o Sara Baras o mi Palomita Fantova o el mismísimo Ballet Nacional van a querer robarle la idea, como al parecer sí ha pasado con otras de sus creaciones. «La gente imita a Joaquín Cortés. Todo lo que se hace hoy por ahí tiene momentos de Joaquín Cortés», decía Joaquín Cortés en una entrevista a Chalaúra hace no muchas fechas. Pues, hombre, si es cuestión de copyright, el escritor Alejandro Cuevas, en su novela La vida no es un auto sacramental (Ediciones Destino, 1999), ya hacía referencia a un cuadro flamenco que iba por las localidades turísticas de la costa española y que incluía bailaoras en topless.

Por cierto, tan obnubilado me quedé con el topless de las bailarinas que ni me enteré de que una de las cantaoras era Elena Salguero, y mira que soy yo muy fan suyo. Me di cuenta al leer su nombre en el programa de mano cuando ya había acabado la función. Perdóname, Elena, si llego a saber que estabas tú aplaudo mucho más.

En fin, igual soy yo el que está dramatizando más de la cuenta con el tema éste, no lo sé. Vivimos en un mundo en el que llegar al almuerzo sin que te bombardeen cuarenta veces con kamasutras de todo tipo resulta poco menos que milagroso y hoy los chavales se lo montan de miedo con el sexting por Whatsapp en la guardería, pero comprendan ustedes que yo pertenezco a una época en la que todavía había que sudar la gota gorda para poder ver una triste teta. Y no diré que me está costando adaptarme a la vida moderna, pero que tampoco espere nadie estoicismo por mi parte si de pronto me salta encima alguna Pussy Riot o las muchachas de Femen en el telediario. Mira, al final estoy pensando que nuestro Joaquín va a ser hasta modesto después de todo. Podía haber hecho salir a sus bailarinas con algún eslogan reivindicativo en plan Femen: JOAQUÍN CORTÉS, GITANO UNIVERSAL, escrito con rotulador Edding en las tetas. Hale, hasta la semana que viene.

 

Germán San Nicasio

Escritor

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