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Mi tema favorito de Vicente Amigo de esta semana

 

La belleza es la promesa de la genialidad, permítanme esta larga cambiada a portagayola. Hola, amigos, cómo va eso, espero que todo bien, y si no aquí estoy yo otra vez con las andanzas del compi Vicente. Alegría. Esto fue el pasado lunes, 1 de mayo (2017), en el Teatro Real. Vicente Amigo era el encargado de abrir el XII Festival Flamenco de la Comunidad de Madrid, Suma Flamenca, y lo abrió por todo lo alto. Genialidad en el escenario y felicidad en el público, y en las taquillas no quedó ni una entrada. Yo la mía la tenía desde un mes antes: tercera planta de anfiteatro, primera fila, butaca 8, ¿euros?: 20. Felicidad a precio de amigo.

Nuestro genio fue bastante puntual, apenas pasaban 5 minutos de las 20.30 horas cuando apareció en el escenario —camisa blanca, chaleco negro—, y ahí estuvo dándole a las cuerdas hasta las 22.15. Arrancó con su Callejón de la luna, como siempre, y luego todo lo demás: Tangos del arco bajo, Azules y Corinto, Autorretrato, un tema del disco Tierra y casi todos los de su último trabajo, Memoria de los sentidos. El más celebrado fue Las cuatro lunas, con Pedro el Granaíno al cante, que se llevó una de las ovaciones de la noche. El público del Real se puso en pie para jalear al cantaor en mitad de la faena. Vicente no habló mucho, nos dio las buenas noches y poco más. No llegó a decir si el concierto se lo estaba dedicando a alguien en particular. Después pensé que el bis de regalo sería el ya famoso Réquiem por Paco de Lucía, pero no, fue otro tema de Tierra, con el que Vicente nos regaló una última dosis de improvisaciones de alto voltaje. No era plan de hacernos desalojar el teatro con el ánimo por los suelos.

Por completar la ficha, por una vez estoy en condiciones de referirles a ustedes las identidades exactas de todos los actuantes, de izquierda a derecha, según miraba yo desde mi butaca la formación de artistas en semicírculo: Ewen Vernal al bajo, Paquito González percusión, Vicente Amigo en el centro, Añil Fernández segunda guitarra, Pedro el Granaíno, cante, Antonio Molina “El Choro”, baile, y por último Rafael de Utrera, cante.

Sobre Rafael de Utrera, una cosita. Que soy yo muy fan suyo, pedazo de cantaor, colección de registros y matices, pero, cago en la mar, Rafa, por qué no te das a valer un poquito más, hombre, que llevas ahí toda la vida y siempre te ponen al final, que hasta el notas de Vicente a la hora de presentarte va y dice: «Y ahí, en la esquina, Rafael de Utrera». Ese cachito de amor propio, venga, que tú puedes.

En fin, ha pasado una semana desde el concierto pero yo hasta hoy no me he sentado a cocinar mi folio para Chalaúra porque no quería desperdiciar mis impresiones en una de esas croniquillas de trámite que me salen a veces por forzar la máquina. Con Vicente me gusta reposar bien el guiso, aunque esto suponga quebrantar el séptimo mandamiento del decálogo Francisco Umbral del perfecto columnista estrella: «Si no tienes la pasión de la velocidad, entonces no eres columnista». Cuestión de ritmo, el amigo Vicente me desinfla el columnismo pero en cambio me infla la vena poeta, que, no crean, también tiene sus riesgos. Agustín Díaz Yanes, en el prólogo del libro de Paco Aguado Por qué Morante (Unomasuno, 2011), dice: «Escribir de toros no es tarea fácil. Por alguna extraña razón los toros y los toreros se resisten a la letra impresa. Parece que la descripción de esa belleza fugaz que es el arte del toreo se presta más a la poesía que a la prosa. Sobre todo modernamente, donde ha calado la idea de que en un libro de toros debe primar la prosa poética o, lo que es lo mismo, la catarata de adjetivos. Lo que convierte a la literatura taurina en un subgénero de difícil y empalagosa lectura». Yo de toros no ando muy allá últimamente, pero esto mismo es lo que me pasa a mí cuando me da por relatar alguna historia de Vicente, que me empalago de poesía yo solo. Por qué Vicente.

Y mi catarata de hoy se la voy a dedicar a mi tema favorito de mi guitarrista favorito: Callejón de la luna, taranta con la que se empezó a tejer la leyenda y que se incluye en su disco de debut, De mi corazón al aire (Sony, 1991). De mi Callejón de la luna al infinito. Una catarata de poesía es a una taranta de Vicente Amigo lo que una luna al Universo entero.

Y es que tiene algo de puñetero decir que tu obra favorita de un artista es justo la que inauguró su carrera, o una de las primeras. Aunque se trate de una opinión subjetiva, puede dar a entender que —según el opinador, astifino opinador— todo lo que ha venido después no ha subido el listón, no ha estado a la altura, y nada más lejos. Y, de igual manera, el hecho de que Vicente lleve casi tres décadas abriendo los conciertos con mi tema favorito, tampoco significa que estos conciertos los viva yo necesariamente de más a menos. En términos de inspiración o ejecución técnica, sí entiendo que puedan darse altibajos en una trayectoria artística, o incluso en un mismo concierto, pero en lo que se refiere a sustancia, a contenido nutritivo, a la cantidad de Vicente Amigo que hay por cada nota que toca Vicente Amigo, la línea sólo puede ser ascendente, y cada nuevo punto de la línea es un nuevo punto culminante, porque la última nota que toca un músico es siempre la mejor. La última nota contiene a todas las notas anteriores.

Y yo esto donde mejor lo veo es en Callejón de la luna, en los toques y retoques que ha ido acumulando esta pieza a lo largo de los años. Ha sido —y sigue siendo— un milagro en formato espectacular, como ver crecer una flor en tiempo real, la flor de la memoria de los sentidos. De modo que la versión que Vicente grabó en De mi corazón al aire viene a ser la semilla de lo que tocó el pasado lunes en el Teatro Real. A lo mejor estaría bien grabar el tema una vez por semana, Vicente, por ir dejando constancia de la evolución. Probablemente los quisquillosos de la vida te reprocharían la matraca, pero tus grupis estaríamos ahí para apostar siempre por la felicidad, y un guitarrista, Vicente, no lo olvides, se debe a sus grupis. Vicente Amigo, el jardinero de la belleza que nos regala flores por obra y gracia de su genio. Y ya está, fin de la catarata, mi punto culminante por hoy. En realidad mi tema favorito de Vicente Amigo es el propio Vicente Amigo, ustedes ya lo saben y me perdonan los empalagos. Las grupis donde ponemos el ojo ponemos la poesía, y también somos las únicas que aplaudimos cuando nadie más aplaude, y cuando todo el mundo aplaude, nosotras aplaudimos más fuerte.

 

Germán San Nicasio

Escritor

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