Primer plano de Raul Olivar, con semblante serio mirando al público

El guitarrista flamenco Raúl Olivar

y el santo hindú Maharishi Mahesh Yogi

No sé si el guitarrista Raúl Olivar practicará la meditación trascendental, pero tiene toda la pinta, o al menos a mí me lo parece. Por su temple profundamente espiritual con la guitarra, por el aura cálida de benevolencia que transmite su música, y por su propia persona, que es como si todo él estuviese inmerso en ese estado de serenidad y bienestar inigualable que sólo se alcanza cuando eres capaz de ordenar tus facultades mentales. En fin, igual es paranoia mía pero es la sensación que me da a mí desde mi posición de observador a distancia.

Permítanme que les cuente la forma un tanto obsesiva que tengo yo de relacionarme con la música que me gusta. Yo, cuando encuentro un artista nuevo que me gusta, puedo pasarme meses enteros —años— oyendo su música de manera exclusiva, y normalmente ni siquiera cambio de disco (suponiendo que el artista en cuestión tenga más de un disco), y a veces ni de canción. Esto ha sido así más o menos desde que tengo uso de razón. En su día, influido por la novela Historias del Kronen, de José Ángel Mañas, llegué a temer que mi conducta era síntoma de algún tipo de psicopatía grave. El protagonista de la novela de Mañas siempre está oyendo las mismas canciones una y otra vez y es bastante psicópata. Mi caso sigue a la espera del diagnóstico que confirme o desmienta mis temores, pero el asunto es que tuve una época yo que me dio muy fuerte con la canción Sueños, que pone título al primer disco de Raúl Olivar. Seguramente había en aquel disco otros temas que eran más flamencos o que daban mejor la medida del virtuosismo de este guitarrista, pero a mí Sueños me dijo cosas desde el primer momento. Tan fuerte me dio que todavía tengo rachas de ponerme esta canción durante horas mientras limpio la casa, plancho camisas o hago cualquier otra tarea inconfesable. Y resulta que también es una canción ideal para acompañar la meditación trascendental.

La meditación trascendental es una técnica milenaria de relajación que en los años sesenta popularizó en todo el mundo un hombrecillo feliz llamado Maharishi Mahesh Yogi. Tan sencillo como cerrar los ojos durante 20 minutos 2 veces al día y repetir mentalmente un mantra personalizado que nos habrá entregado un gurú profesional o, en el caso de los meditadores autodidactas, nuestra propia inspiración. Ya está. Se supone que esto nos tiene que curar el estrés, aliviará nuestra presión arterial y, si hay suerte, nos transportará a un estado mágico de iluminación total.

Según mi ya anciano lector de cedés, Sueños, la canción de Raúl Olivar, dura exactamente 4 minutos y 2 segundos, de modo que cada sesión de 20 minutos de ojos cerrados da para oírla 5 veces. O sea: 10 veces al día si somos responsables y completamos las 2 sesiones recomendadas. Ojos cerrados, mantra, y Sueños de fondo. Hagan la prueba, no tienen nada que perder. Yo estoy convencido: con que el uno por ciento de la población mundial escuchara Sueños 10 veces al día, se conseguiría la paz en el mundo (versión flamenca del Efecto Maharishi), y si gente tan honorable y cabal como los Beatles, los actores Clint Eastwood y Mia Farrow o el director de cine David Lynch, han sido y son grandes defensores de esta escuela de meditación, pues eso, que un respeto. Por cierto, muy recomendable y trascendental también la monografía sobre David Lynch que ha sacado esta primavera Ediciones Alpha Decay: David Lynch. El hombre de otro lugar. (Supongo que se me ve el plumero de las lecturas, entre otros plumeros.)

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Todo este rollo místico que me acabo de cascar viene porque Raúl Olivar acaba de sacar disco nuevo, en el que se incluye una versión por tangos de Sueños, y es fácil entender que sus fans estemos de enhorabuena. Castellano, se titula el disco, y es el cuarto en su cuenta particular; Sueños fue el primero y después vinieron Reflejo del Alma y Un rincón para soñar.

Castellano es un ramillete de doce temas mimadísimamente alumbrados que he escuchado con mucho gusto y varias veces —los doce—, como no podía ser de otra manera tratándose de un guitarrista al que debo tantos momentos de paz y expansión mental. Alumno de Manolo Sanlúcar, Óscar Herrero, Rafael Riqueni, José Jiménez “El Viejín”, Aquilino Jiménez “El Entry” y Félix Santos, Raúl Olivar ha grabado este trabajo entre Valladolid y Sanlúcar de Barrameda, y ha contado con las colaboraciones de Paquito González a la percusión, César Díez al bajo, Iván Carlón a la flauta travesera y Juanjo Puertas también al bajo en el tema titulado Viaje. Yo comprendo que Sueños es la que más le pedimos sus fans, y quizá también los grupos de meditación con mantra, pero sería muy injusto no prestar atención a todo este disco en su conjunto.

En una entrevista concedida recientemente a Chalaúra, Raúl Olivar se confesaba tan admirador de Vicente Amigo que de hecho es Vicente Amigo el culpable de que Raúl Olivar se dedique de manera profesional al arte de las seis cuerdas. Así es cómo funciona el arte: un chavalito que se enamora de algo que le toca el corazón y le salva la vida y ya no tiene más remedio que ponerse manos a la obra para devolver el favor. El amigo Vicente nos ha salvado la vida a muchos —qué os voy a decir yo, queridos amigos—, aunque no todos tenemos el talento de Raúl Olivar para poner el eslabón que quisiéramos a la cadena. Y ya no puedo quedarme sin comentar que Vicente también me parece muy de meditaciones con mantras aletargantes. Por lo demás, no tengo noticias de que Raúl Olivar haya plantado algún pinito ya como cantaor, Castellano sin ir más lejos es íntegramente instrumental, pero nunca se sabe. Tener un ídolo es tener un destino.

Germán San Nicasio

Escritor

One thought on “Raúl Olivar, “Castellano”. Por Germán San Nicasio

  1. Hay algo en este trabajo y en este artista del todo indiscutible, muy lejos de estar en “Tierra Hostil” para el flamenco, Valladolid es una ciudad en la que se aunan diversas corrientes artisticas dignas de mención, otra cosa es que quien tiene la potestad de hacerlas llegar al público tenga la osadía de programarlas. Dicen que nadie es profeta en su tierra, pero el caso de Raul Olivar resulta peculiar, el mismo respeto que muestra a su tierra, le muestra su tierra a el.
    Castellano es algo más que el titulo de su último trabajo.
    Es su propio titulo, como persona y como artista en su tierra.

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