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Palabras bonitas para Marina

Abril es el verdadero mes del amor. O, por vestirlo con palabras bonitas, el mes de las flores y las abejas, y por eso estamos todos tan animados estos días, y de manera muy especial los alérgicos al polen. A mí el polen me pone tan feliz que todo yo soy una máquina perfecta de polinización, y el otro viernes, que estuve en el concierto de Marina en la discoteca Joy Eslava (Madrid), habría dado lo que fuera por ser abeja. Una flor me basta para recolocarme las letras a la alergia y convertírmela en alegría. Jamás duró una alergia al polen dos primaveras.

Una pequeña confesión preliminar. El año pasado, con motivo del primer disco de Marina, Desde la frontera (Disparate Records Music, 2016), mis jefes de Chalaúra pensaron en mí como posible sujeto apto para llevar a cabo la correspondiente entrevista a la artista, pero yo me eché atrás. No viene a cuento desglosar el cúmulo de circunstancias íntimas que motivó mi renuncia, básicamente diré que la música que hace Marina es muy del gusto mío, de hecho es la música que más me gusta, flamenquito alegre que me enchufe ganas de vivir, pero cuando supe que se trataba de una niña guapa a la que doblo la edad (Marina García Herrera, Jerez de la Frontera, 1995), pues eso, que me imaginé la situación, yo derretidito en babas y ella preocupada por si me daba algún infarto, y no lo vi claro. Últimamente vengo notando que mi radar para las cosas bonitas está derivando hacia una especie de complejo de viejo verde que mucho me temo que no sea complejo.

De modo que el viernes (7 de abril, 2017), cuando vi aparecer a Marina en el escenario de la Joy, no tuve más remedio que arrepentirme un poco de mi espantada a lo Rafael de Paula, pero al mismo tiempo comprendí que había sido la decisión correcta. Chalaúra tiene un prestigio, no puede ser que sus entrevistadores vayan por ahí dando mala imagen.

Un big bang de simpatía y luz, los calambrazos de electricidad que irradian las personas con magia y que te sacuden el corazón aunque no quieras, un desfibrilador de corazones es Marina. También hubo una banda con músicos y dos coristas y un raperillo cantoso que la acompañó para abrir y cerrar el concierto con el tema que da título a su disco, pero yo cuando hay delante una estrella es difícil que me hagan apartar los ojos de ella. Da gusto ver a Marina, es un monumento de gracia, naturalidad y dulzura, y encima canta bien. Parafraseando a David Lynch, cuando miramos una maravilla de la naturaleza, algo pasa de ella a nosotros, y en el caso de esta chica ese algo es alegría. Un baño de alegría que duró casi una hora y media, y el público que llenó la Joy salió encantado.

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Marina dedicó la función a sus padres y a su productor, Manuel Ruiz Queco, descubridor profesional de flores, y también tuvo unas palabras para los modistos autores de los dos vestidos que lució esa noche. Cuando se refirió a sus padres me pareció intuir la clásica controversia paterno–filial que suele darse cuando alguien dice aquello de «mamá, quiero ser artista». Normal, a poco sensatos que sean sus padres —a los que envío desde aquí mis respetos— les tiene que parecer terrorífico dejar a su niña del alma suelta en esta ciénaga de caimanes y viejos verdes que es el negocio del flamenco. Por lo demás, pude ver algunas caras conocidas entre el público: Caco Senante, siempre con la primavera en el cuerpo, Gloria Camila (la hija de Ortega Cano), y a mi lado estaba, con muchas ganas también de polinizar a discreción, el torero Alberto López Simón, que se pasó el rato grabando a Marina con el teléfono. Los matadores de toros tienen derecho a sentirse grupis.

Después del concierto quise aprovechar la inyección de energía y me fui con tres amigos al bar El Burladero, del compi Baudi, calle Echegaray —ese Jack Daniels que me acabo de ganar—, y lo primero que hice nada más entrar por la puerta fue pedir que nos pusieran Desde la frontera a tope, y entonces el Baudi, con ese aire sandunguero suyo, me contó que precisamente unos días antes mi nueva jerezana favorita había estado allí mismo con unos periodistas. Lo interpreté como una señal del destino. Respiré todo lo hondo que pude. Me sentí muy abeja.

En fin, un flechazo, y ya tengo a la muchacha instalada en mi vida. Ha pasado una semana desde el concierto y me dura tanto la alegría que no paro de escuchar su disco en bucle, enamorándome un poquito más cada vez. Y antes de despedirme aquí les dejo otra alegría: después del verano va a haber noticias de Marina en forma de disco nuevo, es sólo un rumor pero parece que sí, y también hay posibilidades de que vuelva a iluminar Madrid por Navidad. El hecho de que no me atreva yo a tener hilo directo con nuestra estrella no quita para que sí pueda infiltrar un par de espías en misión secreta. Pero mientras todo eso llega, saquen ustedes la agenda y apunten las fechas que sí están confirmadas: el día después de la Joy actuó en Vitoria, ahí ya no llegamos, pero el 28 de abril estará en Tordesillas, Valladolid, el 12 de mayo en Torremolinos, Málaga, el 8 de julio en Palma de Mallorca, el 14 de julio en Níjar, Almería, el 18 de agosto en Puente Genil, Córdoba. Háganme caso y vayan a verla si tienen ocasión, me lo van a agradecer. Hale, hasta la semana que viene, si me deja el polen.

Germán San Nicasio

Escritor

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